lunes, 8 de octubre de 2012

Llevaba caminado por calles mojadas durante días. Calles con filtraciones y charcos, calles que filtran la blanca luz del sol escondido tras algodones eternos.
Llevaba días observando las ventanas de las casas que asomaban a la calle: siempre con cortinas cerradas. Intentaba imaginar quién viviría en su interior. Las aldabas de las puertas me envolvían en fantasías durante mis trayectos.

Llevaba caminando días por un ciudad que no era la mía. La curiosidad se apoderó de mi ser, y olvidé por completo el paso del tiempo. Olvidé entre tanto charco, que algo había cambiado ahí fuera. Sólo me di cuenta de la presencia del tiempo cuando mis pies tocaron tierra firme, no encharcada; cuando mis ojos,se toparon con jóvenes montañas y una especial paleta de colores cálidos, en un paraje naturalmente salvaje, salvajemente natural.

 El verano había acabado y yo me sentía desnuda como el árbol que en otoño pierde todas sus hojas. Me sentí Eva en un paraíso terrenal, tentada a probar de la fruta prohíbida, tentada por la libertad del oeste.


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