Y en el silencio de la noche que se hizo día, en el más profundo albor de una tenue mirada hacia la nada, mis ojos se perdieron en un horizonte dispersamente otoñal. Se perdieron en las líneas férreas de una senda hecha añicos, de un mundo oxidado por dormir bajo la intemperie.
La espera infinita de un convoy que llega a otros silencios orientales, a territorios aislados por el tiempo y sus gentes, me degrada en las mojadas piedras del andén, de la vía láctea
Al fin y al cabo, la desesperante espera arde en nuestras vísceras pues somos seres errantes sobre las sendas de hierro. Somos los pasajeros de un tren sin dirección.

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