miércoles, 14 de noviembre de 2012
Lluvia incandescente
Apagamos la noche para convertirla en día,
pero algo falló.
Intentando encontrarnos, nos alejamos en la de lo oscuro.
La nocturnidad provisional se convirtió en una perpetua cadena al cuello.
Sentí la gotera del cielo abierto, herido.
Sus lágrimas mojaron mi endeble ser. Me vi pequeña
debajo de la bóveda oscura donde el ruido del silencio me aturdía.
No sentía nada, y te llegué a perder.
Sentada sobre el charco emocional de una soledad infame, firme y fecunda,
que se multiplicaba por los días y noches del febril y divino diluvio,
me di cuenta de que una tenue luz brillaba lejos, vivía cerca.
Volví a sentir las sombras de la caverna, volví a rozarlas.
Volví a encontrar tu sombra perdida, en la salida atrapada.
Volví a ver en tu piel la luz incandescente evaporada
bajo la cálida lluvia de nuestros cuerpos.
Dentro de aquella caverna, te perdí y te volví a sentir dentro, muy dentro.
Railwait
Y en el silencio de la noche que se hizo día, en el más profundo albor de una tenue mirada hacia la nada, mis ojos se perdieron en un horizonte dispersamente otoñal. Se perdieron en las líneas férreas de una senda hecha añicos, de un mundo oxidado por dormir bajo la intemperie.
La espera infinita de un convoy que llega a otros silencios orientales, a territorios aislados por el tiempo y sus gentes, me degrada en las mojadas piedras del andén, de la vía láctea
Al fin y al cabo, la desesperante espera arde en nuestras vísceras pues somos seres errantes sobre las sendas de hierro. Somos los pasajeros de un tren sin dirección.
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