Semanas que pasan de largo como si fueran una cuenta atrás hacia lo que volverá a ser el principio, el reencuentro con la rutina. Pero esta vez será bajo el lluvioso cielo al que saludan los tejados de una ciudad acogedora.
La luz comenzará a difuminarse con los días, hasta que la oscuridad acompañe los paseos alrededor del canal como si fuera el alma gemela que nunca encontramos, mientras esperamos no llegar nunca al hogar asignado. Pensamos que nos esperaría un olor a leña quemada, a libertad desbordante. Sin embargo, los sueños se ahogan en los charcos de una larga calle adoquinada, abrazada por murallas milenarias.
Las incandescentes lámparas todavía no alumbran nuestros rostros encajonados entre cuatro paredes. Son los neones los que iluminan las nuevas vidas de quienes decidieron dejar su hogar para buscar uno nuevo durante un tiempo limitado. Cobardes hemos sido, al no haber estallado, al no haber dejado todo atrás para vivir cómo y cuánto quisíeramos. Pero nunca es tarde para salir de casa y apagar la última bombilla.
Las incandescentes lámparas todavía no alumbran nuestros rostros encajonados entre cuatro paredes. Son los neones los que iluminan las nuevas vidas de quienes decidieron dejar su hogar para buscar uno nuevo durante un tiempo limitado. Cobardes hemos sido, al no haber estallado, al no haber dejado todo atrás para vivir cómo y cuánto quisíeramos. Pero nunca es tarde para salir de casa y apagar la última bombilla.
